viernes, 15 de mayo de 2009

EN SILLA DE RUEDAS




EN SILLA DE RUEDAS*

Por Leonel Ramirez. Cerquera
profesor del colegio departamental de pitalito y miembro de la tertulia la embarrada.

Estoy aquí sentado en una silla de ruedas esperando que me estrangule la vida en esta tierra que me verá morir como nací, con la ilusión que tuve de tener mucho poder y dinero.

De nada sirvieron mis angustias y sufrimientos, mis ratos de estrés y cansancio, mis afanes y desvelos. Pienso que la úlcera que me gané se la debo precisamente a este trajín de andar de un lado para otro, de político en político, de oficina en oficina, de mujer en mujer, de amigos a enemigos y de todo lo que tú quieras. Pero lo que más me duele, compadre, es que a esta fecha, después de un año del suceso ninguna autoridad haya descubierto los autores de qué criminal atentado, producto de la impunidad de este pueblo. Si así son las investigaciones exhaustivas de nunca acabar, que se lleven la justicia para el otro charco y mis piernas al hueco. Aunque para qué hacerlo, como dice mi mujer, si nadie me va a devolver el caminar de mis discos en este abandono y silencio.

Todo parece que haya sido predestinado desde mi infancia hasta hoy. Que si no hubiera sido por mi hermana Erviva, quien me dio la mano y el ejemplo de liderazgo y sobretodo de ambición, habría transcurrido mi vida en el completo anonimato, trabajando de sol a sol o deambulando por las calles y chupando el boxer de los ñeros. Quizás hubiera sido mejor así, si esta silla me mata como el peso de mi conciencia y sigo viviendo ad portas de la negra noche que por deprecación veo oscurecer en mi alma. Aquí están las ruedas de mi vida que me conducen lentamente al fuego de mis tormentos, tan dignos de mi soledad como el silencio en que navego en esta casa fantasmal de mis abuelos. Aquí donde sólo uno o dos familiares me visitan y me animan a seguir viviendo, aquí donde en cualquier momento llegan a rematarme para que no cante más este cuento.

A mi hermana Erviva no la he vuelto a ver desde aquellos años dorados cuando me dejó el cargo que ocupaba de Presidente de la Junta de Vivienda. Pues tengo tan vivo el recuerdo de ella, como si fuera ayer, desde aquel fatídico día en que mis padres fallecieron al negarse abandonar sus tierras y cuando en su funeral me dijo para consolarme: “De hoy en adelante, yo seré tu madre y tu padre, a la vez. Haré de ti un gran líder y un gran hombre de progreso, un Presidente de la República, ¿por qué no? De verdad ella fue mi única maestra, quien me enseñó a leer y a escribir y todo lo que en mi juventud pude saber uno de las patrañas de la vida y del tejemaneje de los recursos de esta provincia.

Un día quise probar mis deseos de triunfar. Hablé ante la Asamblea de socios del Club para presentar mi proyecto de política de vivienda. Creo que mi oratoria fue convincente. Mis palabras volaron de oído en oído y penetraron en la conciencia de niños y jóvenes; pues todavía me parece oír los aplausos de aquella tarde de un Domingo de Ramos, en la que yo les prometí la Casa de Escalona en el aire. Cierto es que nadie pudo olvidar mi intervención, porque tan pronto como hubo elecciones municipales me eligieron concejal y a los tres meses fuí Presidente de la Junta de Vivienda. Pero, como todavía me faltaban unos meses para ejercer el cargo por la edad, mi hermana Erviva me consiguió una cédula con fecha falsa, con la cual pude legalizar las actas y documentos.

¡Ay, Dios mío! Cómo quisiera volver a esa época donde abundaban las cosas, había plata para todo y para todos. Estaba en furor los cultivos ilícitos, pues ya empezábamos ver la flor de la amapola adornando las montañas de mi pueblo. Muchos paisanos se fueron para la cordillera a invertir sus dineros, pero pronto hubo cacería de narcos y perdieron sus riquezas. Fue una ilusión pasajera de saborear el dinero fácil, hasta cuando los gringos se dieron cuenta cómo se les esfumaban los dólares; aunque más tarde, por supuesto, nos tocó devolverles el dinero por armas y venenos.

Entonces, yo seguí con lo que me gustaba, liderando las comunidades para vivir, viajar y comer a mis anchas. Claro que no me puedo quejar, porque gracias a estas actividades y a las jugosas partidas de congresistas y funcionarios del gobierno, pude contar con unas buenas cuentas de ahorros, con las que todavía estoy disfrutando de los últimos pesos. Te cuento compadre, que la corrupción llámese administrativa o como quiera, siempre ha andado suelta paseándose furtivamente por las oficinas públicas. Bobo será quien no la aprovecha.

Pero con el tiempo toda esta vida libertina murió más pronto de lo que yo pensaba, y cuando estallaron las envidias y los zafarranchos tuve que enfrentarlos con verraquera. Por ello, la mayor parte de mis bienes se fueron en abogados y compra de condenas. Los políticos tradicionales que vieron en mí a un contrincante nuevo, los narcotraficantes, los líderes de otros barrios y hasta las mujeres, me perseguían por doquier. Todos estos problemas tuve que enfrentar, aunque gracias a la Virgen y a los amigos de mi partido, en todos salí avante, menos en el que estoy metido ahora desde hace un año.

Así es mi compa’, que ni en la tumba podré olvidar aquel domingo de mi cumpleaños a las siete y media de la noche, cuando despreocupado de las amenazas regresaba de la que sería mi última reunión con los contratistas y funcionarios del gobierno para instalar las redes del alumbrado público en el sector de mis predilecciones.

La noche estaba oscura y el sitio fantasmal: era un estadero de tejas de zinc y pisos de concreto que despistaba hasta el más hábil diestro aguafiestas y guardaespaldas que tuviera. Y tan pronto como abandonamos el lugar, salí con una de mis compañeras por la avenida principal a celebrar mi onomástico. Al tomar la ruta principal hacia el descenso del puente, una moto negra se cruzó en mi calzada y con sus reflectores encendió mis ojos como un relámpago de invierno y de inmediato sentí un trueno en mis espaldas y un chorro caliente que salía a borbollones, que como cascada rojiza caía al río de los valles. El vértigo se apoderó de mis fuerzas y ya cuando desperté entreluces hundí mis ojos en las paredes frías del sanatorio “La Misericordia”. De los seis balazos que recibimos, dos mataron a mi amante y cuatro atravesaron el flanco izquierdo de mi cuerpo, pero sólo uno se incrustó en mi columna y es el que me tiene aquí sentado en esta silla de ruedas esperando que me llegue el momento de morir como nací, con la ilusión perdida de ser el más grande líder de mi pueblo.

1 comentario:

Rene dijo...

Deberian Poner hipervinculos para que el blog no este saturado de texto y no aburrir al lector...